barbijo*

Agosto 15, 2009

A mediados de julio, cuando escribo esto, ya todos saben que el barbijo no sirve a la hora de combatir la porca pandemia. Sin embargo, todavía en la mayoría de las farmacias no se consigue ni uno, y vemos hordas de enmascarados que se desplazan a través de la ciudad PRO, temerosos, ahora, hasta del aire, en el colmo tragicómico de ese Miedo que todos cimentamos a diario.

Condenada a encarnar sus fantasmas, esta sociedad a cara cubierta se disfraza hoy de bandido, terrorista, o, peor aún, piquetero. Abandonados los rasgos que nos diferencian, cada individualidad se disipa en una comunión de enfermos potenciales.

M. J. recorrió Buenos Aires durante su visita del ´93 muñido, por supuesto, de su correspondiente barbijo. Muchos consideraron esto un insulto grave, impropio de alguien educado. Por fin lo descartó una tarde para saludar a sus fans desde la ventana del hotel, pero se tapó la cara con un espejo en el acto más significativo de toda su carrera, y algo comenzó a mutar. Con el tiempo, varios de sus reflejos desfasados se pondrían un barbijo para ir a la cancha de Boca. Anticipado siempre, Miguelito.

Aquí, ahora, el barbijo no funciona como método de prevención contra una enfermedad infecciosa, sino que forma parte de la sintomatología de otra bien diferente; y podemos decir junto con aquel muchacho de voz aflautada que le responde a un Homero homofóbico y asustado la acusación de “todos están enfermos”, en un recordado capítulo de Los Simpsons: “sí, y no es gripe, gordito”.

(*) textito rechazado por una revista al no responder a la consigna para la que fue propuesto.