Marzo 26, 2009

La cola de una pelusita filiforme
se encuentra atrapada en la parrilla
de mi ventilador
y no se resigna a ser expulsada;
su cabeza, la parte más abultada,
se mantiene a tres centímetros de distancia
en un equilibrio tiritante.

La cola es tan fina
que me resulta imposible verla,
pero la intuyo por contexto,
dado que no estoy del todo loco
y las cosas no levitan porque sí,
así nomás.

Hay otros restos de pelusa que también flotan,
pero atrapados adentro, inmóviles,
empujados por el viento contra el límite del ventilador.
Si lo apagara,
seguro quedarían en el mismo lugar,
incrustados en las rejas por el hábito.

Mi pequeña bailarina
es la única que ha osado aventurarse
un poco más allá,
y su danza es un festejo
reivindicatorio de libertad.
En un día como hoy, donde
el calor y la humedad empujan a todos los objetos,
animados y no, al centro estático de sí mismos,
a su expresión mínima,
ella es un puntito de esperanza, una suerte
de promesa donde la vida se ha confinado
para algún día volver renovada.
Claro que si no estuviera
sujeta de algún modo a su huésped,
aun postulada la invisibilidad del lazo,
mi mirada agobiada no habría dado nunca con ella
ni con la nostalgia que cifra.
Pero ahora que la contemplación directa
ha secado mis ojos
ya no quiero pensar en estas cosas.

2 comentarios para “”

  1. paulix escribió

    posteá más seguido, guacho!

  2. cristino escribió

    gracias por el libro de chapita!

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